El puesto de trabajo

Después de estar cinco años, siete meses y diecisiete días en el paro, Agapito Cienfuegos, hombre vehemente y de alta moral, consiguió un trabajo. Para celebrarlo se sacó del bolsillo de su pantalón el monedero de piel raída, lo abrió, contó las monedas que tenía y entró en un supermercado que le quedaba cerca de su casa. Diez minutos más tarde estaba introduciendo la llave en la cerradura de la puerta de su piso en el quinto piso de un edificio de renta limitada y llamó como todos los días cuando llegaba de sus correrías en busca de empleo, con un silbido, pero que esta vez, su mujer, que estaba en la cocina hirviendo un puñado de espagueti que había extraído del lote de alimentos que le proporcionaron en las oficinas de ASAFACOPA (Ayuda Social del Ayuntamiento para Familias con todos sus Componentes en  el Paro), lo detectó como que más alegre, pues Agapito, hombre ilustrado, diletante de la música y lector de literatura social, acostumbraba a entrar en su casa al ritmo silbado del Coro de los esclavos de Nabucco, mientras que hoy lo hacía al ritmo silbado de la Marcha triunfal, ambos de Verdi, circunstancia que no pasó desapercibida por su señora esposa pero que al verlo con una botella de Lambrusco en la mano, le dio como una especie de conmoción en el cerebro, lo que se dice, un hartazgo de mala leche, al ver como el imprudente de su marido utilizaba el dinero que por la mañana le había dado para que le comprara La Vanguardia, pues no obstante sus estrecheces, deseaba hacerse a una cafetera que regalaba dicho periódico, si recortando un cupón diario, menos sábados y domingos, lograba acumular cincuenta de esos cupones en una cartilla que se había adjuntado al principio de la promoción en la página central del periódico.

“Tranquila, tranquila, dijo Agapito, que te conozco. ¿No me oyes silbar diferente?, pues eso indica que ha surgido un acontecimiento que requiere una celebración, ¿y qué menos celebración que una copita de ese vino fino y dulzón, que sé que te gusta, y que es barato, dos con noventa y nueve la botella, para celebrar el que ya he encontrado un trabajo?”  Angustias, la mujer de  Agapito, quedó de piedra y casi se le cae al suelo la tapa de la olla en la que hervían los espaguetti. “¿Has encontrado trabajo?” “Si, mujer?” “Dónde, de qué, ¿de lo tuyo?” “Si mujer, si, un buen trabajo, de oficina, de lo mio” “¿Y cuánto te van a pagar?“ “Bueno… eso así de entrada es difícil calcularlo, porque puede ser mucho o no tanto, todo depende de circunstancias, de rendimientos, de pluses añadidos, de la inercia de las ventas, género devuelto…, son muchas cosas, pero es un buen empleo, de escritorio, que es lo mío, sentado frente a un ordenador y ratón en mano, que es lo mío“

Angustias dejó escapar un suspiro, sintió como que su corazón se le ensanchaba, se le fue la nube de la cabeza y aproximó su cara a la de su marido para darle un beso. “Si todo va como yo espero, ya no tendrás que salir a limpiar escaleras”, dijo Agapito con un aire magnánimo, al tiempo que le daba una palmadita en el trasero.

Y a los tres días Agapito, recién duchado, recién afeitado y con la camisa  que tan sólo había utilizado una vez hacía ocho meses, en la boda de su cuñada, se encaminó lleno de entusiasmo hacia las afueras de la ciudad, hacia el enorme polígono industrial en donde se hallaba su  nuevo puesto de trabajo,  en una importante empresa con sucursales en todo el país.

La inmensa sala compartimentada en cubículos, ¿cuántos debía de haber, cien…, ciento cincuenta?, un montón; sumergida en el rumor de una suave música de fondo impresionó a Agapito. El Jefe del Departamento de Logística  lo acompañó hasta su cubículo, le indicó la silla giratoria detrás  de una mesa, unida a la misma por medio de un mecanismo de brazos y resortes extensibles que salían de un compartimiento alojado debajo de la mesa. Sobre la mesa dos pilas muy ordenadas de papeles a ambos lados de una pantalla de ordenador, un teclado y un ratón. Le preguntó si había  satisfecho sus necesidades fisiológicas, volviendo a preguntar al ver la cara de duda e incomprensión de Agapito que si había cagado y meado antes de entrar al trabajo, cuestión que Agapito afirmó con aire de suficiencia, añadiendo que tenía por costumbre satisfacer sus necesidades todos los días apenas se levantaba, que era como un relojito, a lo que el Jefe del Departamento de Logística agregó, cortando las explicaciones de Agapito, que se sentara, extendiera las piernas, que apoyara los tobillos en una especie de mordaza que había  en el suelo, que adoptara la postura más cómoda y acto seguido apretó el botón rojo de un mando a distancia que sacó de su bolsillo, con lo que las mordazas se cerraron dejando a Agapito amarrado al pie de la mesa. Eran las ocho de la mañana, inicio de la jornada. A las seis de la tarde las mordazas se abrirían automáticamente y la jornada habría terminado. Si en el entretanto necesitaba ponerse en contacto con el Departamento de Logística, le indicó con voz plana y con profunda seriedad burocrática, debería apretar el botón amarillo del  panel que sobresalía a  la izquierda del escritorio y seguir las instrucciones. El Jefe de Producción apareció al poco rato y le indicó todos los pormenores de su nuevo trabajo, diciéndole que disponía de tres días para alcanzar su pleno rendimiento. Si tenía alguna duda debía apretar el botón verde. Al rato  hizo su aparición el Jefe del  Departamento Alimentario, indicándole que si necesitaba beber agua, tomar café o llevarse algo masticable a la boca, debajo del panel aparecía un listado con los elementos disponibles,  que apretara el botón rojo del mismo. Luego apareció el Jefe de Estímulos Visuales, quien le dijo que en caso de bajón o ganas de mandarlo todo a la mierda que apretara el botón azul, con lo que sería debidamente atendido. Sonó un timbre, se prendió un foco verde y Agapito quedó preso en su jornada laboral.

Los expedientes, archivos y memorándums se sucedieron de forma ininterrumpida sobre la mesa y el ordenador de Agapito hasta las doce del mediodía, hora en que le dieron ganas de ir al baño y sin saber muy bien cómo hacer, apretó el botón amarillo. Una voz áspera dijo: Departamento de Logística. Si desea hacer pipí diga A; si desea hacer caca diga B. Agapito dijo A y a continuación sintió un ruido metálico bajo el escritorio, como si se abriera una compuerta, y a la altura de sus rodillas apareció una especie de embudo en donde introduciendo la pirula, podía orinar cómodamente permaneciendo sentado y sin quitar la vista de los expedientes. A las dos de la tarde le dio hambre, apretó el botón rojo y una simpática voz femenina le dijo: dígame, qué desea. Hizo el pedido y a continuación por un tubo neumático que pasaba sobre su cabeza y que desembocaba en una mesita auxiliar situada a su izquierda, cayó con resoplidos de urgencia un bocadillo de atún y una coca cola. El tercer día tuvo que necesitar la ayuda del Departamento de Producción, ayuda que le fue facilitada al instante y el décimo día, hacia las tres de la tarde, decidió mandar el trabajo a la mierda, pero antes de hacerlo  apretó el botón azul. Sintió una suave brisa y un olor a rosas en su cogote, una voz sugestiva de mujer le preguntó que en qué podía ayudarlo y él sin saber muy bien que responder dijo al fin, como quitándose un peso de encima que estaba hasta los cojones de aquel trabajo. Allí mismo, sin saber de dónde había salido se le apareció una joven rubia bien provista, con camisa transparente,  aspecto de ejecutiva y aires de embaucadora que le sopló la oreja, la acarició las manos y luego le acercó sus labios a la cara, pidiéndole que tuviera un poco, sólo un poco, de paciencia, que las cosas iban a cambiar, que ya todo estaba cambiando, que los beneficios de le reforma laboral anunciados por el gobierno pronto se iban a notar. Luego sonrió con la serenidad de un ángel de Fiorucci  y tirándole un beso con la punta de los dedos dio media vuelta y desapareció no sin antes acariciar con el envés de sus gráciles dedos las mejillas de Agapito. Éste se quedó pasmado y sudando en seco, pero decidió continuar. Durante lo que quedó de mes utilizó los servicios del  Estímulo Visual siete veces más.

A fin de mes apareció otro botón en el mismo panel de la izquierda. Decía: Departamento de Personal-Cobros. Apretó el botón, apareció un sobre, lo abrió y se dio cuenta de que el sobre estaba vacío. Apretó de nuevo el botón y una voz de hombre que se adivinaba peleón dijo: si desea consultar su sueldo diga: A; si desea consultar cualquier otra cuestión, diga: B. Dijo A y de inmediato sobre su mesa apareció un folio tamaño Din A4 en donde se especificaban  todos los pormenores de su sueldo:

HABER

195 horas a 4,32 euros,            842,40 Euros

DEBE

7 Bocadillos de atún                                         35 Euros

8 Bocadillos de calamares                                40 Euros

5 Bocadillos de jamón                                       35 Euros

6 Cervezas medianas                                          24 Euros

14 Coca colas                                                       42 Euros

22 Servicios sanitarios (pipí)                                44 Euros

3 Servicios sanitarios (caca)                                  24 Euros

1 Servicios estímulo visual  sencillo                      40 Euros

6 Servicios estímulo visual con complemento  300 Euros

Retenciones                                                            250,4 Euros

Donación voluntaria fondo social                             8 Euros

SALDO

Saldo a su favor                                                                                            0  Euros

La cara de pendejo que le quedó a Agapito después de leer su nómina, sólo fue superada por la cara de huevón que tuvo que poner frente a su mujer, Angustias, cuando ésta le dijo al verlo aparecer en el recibidor de su piso: “Amor, esta noche podríamos ir al restaurante“.

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