El loro de Lena

Pedaleó con fuerza para alcanzar la parte alta de la loma y vio el centro urbano y el puerto a sus pies. A lo lejos la sombra de los islotes de Las Tortugas entre la bruma del mar. Hoy libraba. No tenía que repartir pero había salido de su casa a la misma hora.
Llovía y pensó que tal vez fuera una ventaja. En la TV habían pronosticado tormenta para esta parte de las islas.
Tenía que ser hoy. Era una obsesión que le oprimía la cabeza desde hacía semanas. Había llegado el momento.
La lluvia le golpeaba la cara. El impermeable amarillo con las letras de «Correos» revoloteaba al viento. Ahora, cuesta abajo,rompiendo la brisa,veía más clara que nunca la situación. Su decisión era firme. Apretó el freno y atravesó las primeras calles del centro. Eran las ocho de la mañana y no tenía que pasar por la cartería.
Llegó frente al Museo, antigua cantina pegada a la entrada del puerto en donde acostumbraba a desayunar. Hoy no tenía hambre. Dejó la bicicleta en el porche, se sacudió el impermeable y abrió la puerta. Ya en el interior sintió como penetraba en su nariz el olor de las fritangas y la cerveza. Sentía calor. Uno de los abanicos del techo daba vueltas chirriando con lentitud, el local estaba en penumbra y en la barra dos parroquianos hablaban en voz baja delante de sendas botellas de cerveza. Al fondo, en una mesa, otros dos desayunaban.
El cantinero lo miró con ojos perdidos.
—¿Lo de siempre? —preguntó.
Simoncito el cartero contestó sin mirar:
—Dame un ron y una cerveza.

*   *   *
Lena se despertó a las seis de la mañana por el ruido de la lluvia en el techo de zinc de su ranchito. A través de la pequeña ventana vio el manto gris sobre el mar y la arena de la playa enfangada. La luz del amanecer era turbia. Roberto, dentro de su jaula abierta comenzó a silbar el himno nacional.
Lena pensó, como cada día desde hacía dos años, en Look. Éste le había dicho antes de irse:
«Nuestra situación va a cambiar. No tendrás que salir más a vender mango biche y aceite de coco por el Paseo Marítimo».
Se fue, le dijo, para la Isla Pequeña del Maíz con la lancha de Juancho Águila a traer diez pacas de marihuana.
Ahora estaba en la cárcel de Bluefields y cada tres días, Lena, recibía una carta de su marido con la huella de un beso.Ella guardaba todas las cartas debajo del colchón y de vez en cuando abría una al azar para volverla a leer y mojarla con sus lágrimas.
Picó media yuca y una papaya para el loro, puso los pedazos en una ponchera, la acercó a la jaula y dijo:.
—Ven, Roberto.
El loro voló hasta su hombro y Lena dejó la ponchera sobre la mesa de madera que Look había comprado, unos días antes de irse, donde Juancho el carpintero.

*   *   *
Don Arlingthon, viejo tuerto y gruñón, antiguo capitán de lancha, antiguo criador de ratas albinas y antiguo comerciante de cocos amedrentaba con voces soeces a los «boys» que veía merodeando por la alberca de su casa pensando que venían a robarle el agua. Viudo, padre de un hijo gay del que siempre se avergonzó y padre de una muchachita díscola, nacida cuando él ya era un hombre viejo, dejó de hablarle el día que se casó con un inútil. Era el padre de Lena y guardaba siempre en el primer cajón de la cómoda un Colt calibre .45.

*   *   *

Simoncito el cartero avanzó suavemente con su bicicleta por la carretera circunvalar, desafiando la lluvia. Al llegar a la curva de los manglares se introdujo por el camino de la playa y vio al frente la casita de Lena, oculta pero cercana a la carretera, a las casas de la carretera y a la casa de su padre. Sabía que era temprano, pero así tendría más tiempo.

Tenía la cara, el cuerpo, las formas, la voz y la sonrisa de Lena en su cabeza. Hacía semanas no dormía pensando en ella. «Es la hembrita más bacana de la isla», pensaba, recordándola desnuda.

El encierro del marido avivó sus ansias. La había observado por el Paseo mientras caminaba, y el contoneo de sus caderas, el movimiento rítmico de sus nalgas, esos brinquitos acompasados de sus pechos lo volvían loco. Muchas veces la había espiado por la ventana de su casa antes de entregarle las cartas y una vez la vio desnuda mientras se echaba agua en la regadera.

*   *   *
Lena oyó unos golpes y de forma inconsciente abrió la puerta, pero ante la mirada de Simoncito quiso cerrarla. El loro sobre la mesa cantaba: «lorito real, tengo plumas rojas y soy liberal». Al ver la embestida del cartero y el aparatoso retroceso de su ama, gritó: «¡cartero marica!». Simón agarró a la muchacha por la cintura y en el forcejeo resultó arañado. Lena, después, le mordió la cara y recibió un golpe en la sien que la dejó aturdida. Simón le arrancó la blusa al tiempo que la arrastraba hacia la cama y de un manotazo quiso acallar al loro que seguía gritando: «¡cartero marica!», desprendiéndole varias plumas.
Roberto huyó por la celosía de la ventana gritando: «¡Lena!,Lena!». Atravesó el manglar, sobrevoló la carretera y ante los vecinos que se asomaron a las terrazas de sus casas siguió gritando: «¡Lena,Lena!». Todos comprendieron que Lena estaba en peligro. Unos diez hombres, mujeres y niños atravesaron el manglar, se plantaron ante la casa de Lena y vieron salir por la puerta de la playa a Simoncito el cartero con la camisa desgarrada y la cara sangrando, mientras dentro se oía una voz rota pidiendo auxilio.
Don Arlingthon, el hombre del ojo de vidrio, que en cierta ocasión paró la música de un baile con un: «¡stop the music!», para buscar por el suelo el ojo que se le había caído, sacó de la pretina de su pantalón un revolver oscuro, apuntó, disparó y dijo:
—Positivo.
Luego se puso a llorar.

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