El anciano y las acacias

El anciano encontró la llave en la cerradura de la puerta de su casa y en ese instante sintió un gran alivio y unas intensas ganas de orinar. Todas las cábalas agoreras que se había hecho durante la mañana, quedaron borradas, y el sudor ácido que le había empapado su camisa, cuando se dio cuenta de su pérdida, en el momento de ir a pagar el guarapo de caña en el trapiche de la calle de las notarías, se evaporó con una dulce sensación bienestar. «¡La vejiga!». Hubiera sido feliz de no ser por la vejiga: «Esa hijuemadre está a punto de reventar».
Había salido temprano, hacia las seis de la mañana, y en ayunas, porque tenía cita en el laboratorio del Hospital a las ocho, para una extracción de sangre.
Se levantó a las cinco, fue directo al baño y en un frasco transparente con tapa de rosca orinó, con el brazo apoyado en la pared, un chorro entrecortado y desigual, que le mojó los dedos, desbordó el frasco y alcanzó a salpicar la tapa y el suelo. Vació una cuarta del frasco, lo secó con papel higiénico,lo tapó, se lavó las manos y se mojó la cara y las cuatro hebras ralas y canosas que le quedaban de su antigua cabellera. Observó sus arrugas profundas, sus ojos sin brillo y su boca sin labios que esperaba como cada mañana la introducción de la dentadura, sacada y agitada de un vaso con agua que descansaba sobre la porcelana del lavamanos; se la colocó, gesticuló para comprobar que estaba bien colocada y se fue a vestir.
Tenía que entregar una muestra de orina. El médico de cabecera, le había dicho, después de introducirle el dedo índice en el recto y hurgar hasta hacerle saltar las lágrimas: «Esta próstata se nota muy abultada». Hoy iba al hospital y en quince días tendría que regresar para recoger los resultados del análisis de orina y de sangre.
Introdujo la llave en la cerradura de la puerta, cerró y le dio dos vueltas al cilindro; luego, mirando los amarillos racimos de las flores de las acacias, que rompían la penumbra del alba con su vivo color y las gotas del rocío que se escurrían por ellas, se dijo: «Qué belleza», y pensó que, en la tarde, tenía que limpiar la terraza. Caminó con una bolsita de plástico en la mano hasta la parada del bus y a las siete y media estaba guardando fila en una acera húmeda, junto a otros veinte pacientes, frente a la puerta del hospital.
Salió por la puerta del laboratorio con el brazo encogido, aguantando con una mano un pegote de algodón que la enfermera la había puesto sobre el pinchazo. Atravesó la calle y en el kiosquito «Dios es amor», se comió una arepa de huevo y se tomó un vaso de peto caliente: «Mira que tenga sus buenos granitos de maíz», le dijo a la negra que cucharón en mano revolvía el contenido de la olla, y parece que a ésta no le cayó demasiado bien la observación, porque posó el vaso sobre la cubierta de la vitrina de donde había sacado la arepa, con una rudeza tal que alcanzó a pringar la mano del anciano.
Pagó con un billete que llevaba doblado en el bolsillo de la camisa,guardó el vuelto en el bolsillo del pantalón, buscó la letrina, orinó y más tarde se encaminó hacia el mercado de «Agáchate». Hacía tiempo,años, que no venía por esos lados. Observó a los vendedores de carne de cerdo, a los de mangos, a los de bocachico, a los de especias. Vio montones de limones de Sitionuevo. De todas las paradas lo llamaban: «¡Eh, abuelo!, mira que carne»; «¡Abuelo!, mira esos mangos, ¡de Malagana!», pero él seguía caminando con una cándida sonrisa en los labios, asentía, saludaba con la mano y seguía su camino. Al ver que no compraba le gritaban: «¡No joda, vicario!, métase la mano el dril, total pa lo que le queda».
Dejó el mercado y subió hacia el Paseo. Allí se entretuvo mirando las obras del bulevar central y pensó que esas jardineras no iban a durar mucho, muy sencillas para las llantas de los buses y se dio de bruces con el alboroto provocado por los emboladores que chiflaban a un mariquita que salía por la puerta del hotel Colón.
Ahí mismo le dieron ganas de refrescarse una poco, el sol a esta hora, serían las diez, ya estaba apretando. Bajó una cuadra, hasta la calle de las notarías y buscó con la vista el trapiche que siempre se colocaba frente a la notaría segunda. Se acercó hasta la máquina que trituraba la caña. Pidió un guarapo con hielo y sintió que se le ensanchaba el corazón con aquella bendición azucarada que se le colaba por el gaznate. Había caminado bastante. Fue a pagar, metió la mano en el bolsillo y sacó las monedas, pero notó que algo faltaba. ¡La llave! Comenzó a buscar por todos los bolsillos, se palpó la camisa, los bolsillos traseros del pantalón. Nada. La llave había desaparecido. Se le ofuscó la cabeza, dio vueltas sobre sí, buscándola por el suelo y nada. El regusto de la caña de azúcar pareció ahogarle la garganta. Tenía que regresar sobre sus pasos.
Al llegar al mercado decidió que debía pasar por los mismos sitios de antes y mirar al suelo. Con aquel enjambre de vendedores, clientes y coteros de toda índole, buscar algo en el suelo era una quimera, pero se empeñó en no levantar la vista. Y escuchaba gritos: «¡Aquí, vicario, aquí, los mejores mangos!» «¿Se te ha perdido algo viejo marica?». y él continuaba buscando la llave.
LLegó al kiosco «Dios es amor» y le preguntó a la negra si había visto una llave. La negra creyó que le tomaba el pelo y a punto estuvo de mandarlo al carajo.
Llegó a las puertas del hospital y en recepción repitió si habían visto una llave. Nadie sabía nada. Una enfermera de mirada bondadosa lo miró y le dijo: «¿se encuentra bien, abuelo? Fue el mayor signo de comprensión que encontró en su búsqueda inútil.
Decidió montarse en un bus y regresar a su casa. «Lo que tuviera que ser sería» y sentado en una banca, junto a la ventanilla, trató de ordenar sus ideas y pensar qué podía haber pasado. Y de pronto de le hizo la luz: «Tiene que estar puesta en la cerradura».

Cuando llegó frente a su casa, desde la calle, junto a la verja de la terraza, miró y sin estar seguro creyó verla. Apretó las piernas y con pasitos cortos, atravesó la terraza, apartando con los pies la hojarasca que desprendían las dos acacias y se dispuso a abrir la puerta con el atropello de sus urgencias y el ligero temblor de las viejas manos de listero jubilado. Abrió
Una vez en el interior fue al baño y con el desahogo reflejado en sus ojos regresó a la sala. Sobre la mesa vio un pedazo de cartón. «Esto no estaba aquí cuando he salido», pensó. El cartón tenía algo escrito. Palpó el estuche de las gafas que llevaba enganchado en la correa del pantalón, lo abrió, se caló las gafas y leyó:
«Güebón laprosima ves
quita la yabe dela
chapa».
Supo que habían entrado en la casa y de forma instintiva miró hacia el otro lado de la pared, hacia el mueble de la sala, se dio cuenta de que faltaba el televisor y sintió una sacudida en el estómago; luego vio que faltaba el equipo de sonido, y un candelabro de plata, y un juego de cuchillos, y la urna, y eso le hizo llorar, era la urna funeraria en donde guardaba las cenizas de su mujer; tampoco estaba la jaula vacía de los canarios y el marco plateado con la fotografía de él y su mujer el día que cumplieron las bodas de oro. El abanico Sanyo tampoco estaba. Le habían saqueado la casa. Al entrar en su habitación lo encontró todo revuelto.
Se sentó en la cama, miró desolado a su alrededor y en voz baja dijo: «Habría sido mejor no salir de casa», y sintió la boca reseca, con un amargor a hiel que le subía por la garganta, se fue a la cocina a tomarse un vaso de agua y al abrir le nevera vio que faltaba también un cartón de yogures que había comprado la tarde anterior. La botella de whisky, casi llena, de la cual solía tomarse un traguito solo en ocasiones muy especiales, estaba allí, al menos no se la habían llevado.. Salio de nuevo a la sala, se sentó en la mecedora y solo pensar en que debía de poner el denuncio, se le vino el mundo encima. Él sabía lo que era eso, ya había pasado por ese trámite, sabía lo inútil que era llegar hasta la Inspección y estar allí explicando durante un par de horas, todo lo que había pasado, mientras el policía escribía a máquina su declaración. Hacer una relación de todo lo robado y en este caso tener que decir que se había olvidado la llave en la puerta. Le dirían que la culpa era de él, que eso le pasaba por descuidado, que debía andar más atento, que no podía ser tan confianzudo. Decidió asumir su parte de culpa y quedarse quieto. No iba a denunciar nada. Regresó a la cocina. Sacó de la nevera la botella de whisky, se sirvió un buen trago, se sentó de nuevo en la mecedora, se quedó pensando en su difunta esposa y al poco rato le entró modorra. Durmió la mayor parte de la tarde y cuando despertó, pensó en poner la televisión, pero se dio cuenta de que eso era imposible. Salió a la terraza y ya con la luz de las farolas prendidas, se puso a barrer la terraza.

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