El baile de los muertos

Mi abuelo Afranio murió en 1949 tajeado con una peinilla de veintiocho pulgadas, la noche en que el Chimbilá arrasó Betania con sus marranos enloquecidos convertidos en teas crepitantes, avanzando al grito de ¡viva Cristo Rey! Se inició el baile de los muertos
Mi abuela y mi padre huyeron. Buscaron nuevas tierras. Mi abuela encontró un nuevo marido, mi padre nuevos hermanos, todos juntos se establecieron en las serranías costeñas. Desmontaron tierras vírgenes que les fueron arrebatadas por los hacendados. Éstos, marcaban sus propiedades con trazo de piola y eco de pistola. No hubo paz.

Mi padre, cultivó una parcela, logró unos ahorros,fue transportista y se estableció en El Limbo. En el año sesenta y dos dio vivas al MRL y presentó su candidatura al concejo del municipio. Fracasó, pero veintiséis años después logró la alcaldía afiliado a UP. Festejó su triunfo con media de ron viejo y un grupo de millo. A los dos días lo mataron de siete disparos, en la puerta de su casa; también mataron a mi mamá por ser líder comunal, de tres disparos. Luego los muertos se multiplicaron. Llegaron a tres mil, a cinco mil… «A esa mala semilla comunista, decían, hay que exterminarla; es la hidra del mal». Hoy los muertos por la violencia sobrepasan los doscientos mil.

Yo, Trinidad de la Cruz, hijo de Leonidas y de Eucaris cursaba cuarto semestre de derecho en la universidad. Después del entierro de mis padres mi abuela dijo: «M’hijo, vete y no regreses: te van a matar».En el bus de la mañana me fui. Guardé en una tula un tratado de derecho penal y unos poemas de Nicanor Parra. Escondí la plata en la trusa, quemé en la hornilla mis papeles y embarqué en la lancha del correo que subía por el río. Mi destino era la selva de los guacamayos verdes. Tenía que encontrar el brote de la esperanza o tal vez el musgo de la muerte. Encontré lo que buscaba: unos guerrilleros de faz tosca y mirada maliciosa.

En la senda de musgo amarillo me reclutaron con rapidez, un estudiante siempre era bien recibido. Los primeros meses, cavé zanjas, aprendí a disparar, corté güino, levanté cambuches y salí en comisión dando largas y agotadoras caminatas. Los traslados eran frecuentes, hubo momentos en que el plomo llovía por todas partes, los militares no daban tregua. Las niguas me consumían los pies y un olor de azufre espeso invadía lo más profundo de las caletas. Una vez ganada el arma ascendí rápido y pronto fui comandante de compañía,un comandante chiquito porque luego me estanqué. Me faltaba mimbre combativo,tenía respeto por la organización pero carecía de fanatismo, «de audacia», decían mis jefes.
El campamento era un santuario de descanso en donde hasta nos podíamos enamorar, y yo lo hice, de Juancha, una camarada risueña, de ojos dulces y nariz respingona que murió en el asalto a Los Juncos, estaba embarazada. Cosas de la guerra. En el tablero del régimen colgaba mis pensamientos escritos a mano, algún poema de Neruda, incluso yo los escribía. Me llamaban el poeta, y en el aula enseñaba a leer y a escribir a los analfabetos. No eran muchos y todos ansiaban aprender. Devoraban con avidez las consignas de El Jefe. Espíritu revolucionario. Objetivo final: toma de poder. Las ideas hay que materializarlas y eso se consigue con las armas. Pobres. Mientras tanto necesitábamos recursos. Narcotráfico, robo de ganado, secuestros, vacunas, extorsión; eran la forma de financiarnos.

Han pasado veintiocho años y mis recuerdos, nítidos u oscuros, hablan y se mueven al compás del viento. En ocasiones todo es claridad, en otras sólo rescoldos de imágenes difusas. He abrazado un fusil durante casi tres décadas, como quien abraza a la mujer amada; he dormido con él, he vivido con él y ahora, en una «zona veredal transitoria de normalización», dicen, a mi edad, lo he abandonado y me encuentro huérfano, sobre todo de ideas. Ha estallado la paz, como antes estallaban las bombas y no sé que hacer con ella. He de aprender de nuevo a mirarla a la cara.

Ahora recluido en esa zona veredal veo a funcionarios de la ONU caminar como lagartos desorientados con sus portafolios bajo el brazo, secándose el sudor y tomando apuntes. Mientras, vivo el «proceso de preparación para reincorporarme a la vida civil» con escepticismo. Vaya joda peluda. Lo más probable es que muera tiroteado ante una puerta antes de poder abrirla; tal y como les pasó a Leonidas y Eucaris.

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