Matagatos

Tengo treinta años y en el pueblo me llaman «matagatos», también  «measancochos».  Reconozco que mearse en el sancocho del patrón fue malo, y ahorcar con un bramante fino  a tres de sus cinco gatos fue cruel y maligno. Yo tenía once años y mi veneración por mi madre era absoluta: hice lo que creía justo.

 

Llegamos al portón de la fábrica de baldosas y mi madre preguntó si no necesitaban una mujer para las faenas,  lo que fuera, que ella era buena para todo y salió una mujer con porte venerable y cara triste, que le preguntó si sabía cocinar y escribir: mi madre le dijo que sí; luego salió un hombre maduro,  enjuto como un mango chupado, con cara hastiada y unas llaves en la mano que le dijo que allí se trabajaba las veinticuatro horas del día y se libraba el sábado por la tarde: mi madre dijo que sí; luego salió una vieja gorda con mirada desconfiada y le dijo que caso de que le dieran trabajo, la comida y dormida serían descontadas de su sueldo: mi madre dijo que sí. «¿Y el niño?», preguntaron los tres a la vez. «El niño viene conmigo: donde yo voy, va él». Se retiraron a una sala interior y al poco rato salió el hombre,  se presentó como el patrón y dijo que podía comenzar ya mismo. «Mi mujer le dará instrucciones». Luego nos condujo a una apartada habitación polvorienta.

Al día siguiente la mujer de cara triste llevó un cuaderno de recetas escrito a mano en donde estaba anotada toda la actividad de  la cocina. «Es el cuaderno de bitácora», dijo muy seria. «Aquí están anotadas todas las comidas, alimentos, bebidas y gastos que durante el día se originan». «¿Ustedes necesitan una cocinera o una contable?», preguntó mi madre. «Las dos cosas», contestó la voz del patrón que acaba de entrar en la cocina.

Yo aquel año no asistí al colegio y pasaba todo el día  dando vueltas por el patio, sobre la arena, sobre las bolsas de cemento, por entre las máquinas; hasta que un día el patrón le dijo a mi madre que no podía permitir que  anduviera mezclado con los trabajadores a toda hora. «Les hace perder el tiempo». A partir de aquel día me limité a caminar por la cocina y a leer, acurrucado detrás de un biombo, en la habitación donde dormíamos; había descubierto en un pequeño armario una pila de novelas del oeste.

Pronto me di cuenta de que el patrón andaba  muy atento con mi madre, le contaba chistes y acercaba su cara a la de ella. «¡Don Sebas!», decía ella con una sonrisa, girando los ojos hacia la puerta. Pero don Sebas seguía día tras día con el asedio y le decía, que tenía que mostrarle el cuaderno de recetas. «Aquí está». «No me refiero a ese cuaderno, hablo del que llevas entre las piernas». «Qué cosas tiene usted, don Sebas». Y mi madre miraba de reojo para ver por donde andaba yo y para ver que nadie apareciera por la puerta.

Un día, un hombre dejó una cama de tijera a la habitación, detrás del biombo, y mi madre me dijo: «A partir de esta noche vas a dormir en esa cama, ya eres un hombrecito y tienes que dormir solo». Esa noche recuerdo haberle dicho a mi madre que me hablara de mi padre. «Algún día sabrás todo», me dijo, y apagó la luz.

No recuerdo cuantos días pasaron, pero una noche me desperté y  escuché un susurro y ruidos al otro lado del biombo, en la cama grande. Mi madre no estaba sola, hablaba en voz queda pero no escuché ninguna otra voz.   Sí sentí el olor del patrón, de su colonia, del humo de sus cigarrillos, de su sudor; y esta noche tras recordar las acciones de mis héroes invisibles en las novelas del oeste, elaboré mi venganza.

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