Tres es un número lúgubre

Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte, lo que no deja de ser un consuelo a la hora de valorar nuestras desgracias y nuestros sinsabores, siempre es más llevadera la pena de nuestro infortunio si damos por hecho que en otro lugar  hay alguien que suplante nuestra imagen y  vive nuestras calamidades; todo eso me vino a la mente cuando sentí los golpes en la puerta de mi cuarto de soltero y antes de que tuviera tiempo de levantarme de la silla vi que la puerta se abría y daba paso al cuerpo de un hombre, de mi misma estatura, de mi misma edad, con un corte de pelo canoso similar el mío que enmarcando un rostro joven con rasgos físicos idénticos a  los míos le daban un cierto aire de desespero; con mirada inquisidora escudriñó la habitación como si tratara de descubrir algún arcano símbolo de falsedad o solamente deseara clavar el fuego de su mirada en la persona que ocupaba la silla en el centro de la habitación, que era yo y no otro; sentí miedo, un pánico incontrolado al ver esa figura hecha de mi misma piel que atravesando el umbral, preguntó si mi nombre era Secundino, contestándole yo que sí, pero con muy poca convicción, con un cierto temor; cuando vi que echaba la mano al bolsillo de su pantalón y sacaba un afilado punzón de picar hielo que empuñó por el mango de madera mientras me preguntaba que noticias tenía de Dorita, pues si bien él era el marido, dijo, todo el mundo sabía que yo era el amante, cosa en la que estuve de acuerdo, pero que para mí significó un colapso al verme interrogado por esa persona a la cual sólo conocía por referencias, pues Dorita decía que éramos iguales y que al hacer el amor conmigo no sentía el peso de la culpa ni la nostalgia del engaño, pues era como fornicar con la misma persona, que al fin y al cabo, decía después de una breve meditación, debíamos de agradecerle los dos que tuviera la fineza de buscar un doble para sustituir al marido o un doble para imaginar en el marido los ímpetus del amante, cosa que a los tres debía satisfacernos, pues los tres sacábamos provecho de esa semejanza antagónica en que marido y amante se entremezclaban en una suerte de aleación sinuosa en que lo que le faltaba a uno se lo encontraba al otro y en lo que uno iba sobrado, el otro, por las leyes universales de la compensación, iba mermado, pero ese doble mío con el picahielos en la mano parecía destrozar el sortilegio de aquel equilibrio natural de las cosas; cuando preguntó, apuntándome con el punzón, qué había hecho con Dorita, sentí su desconsolada voz en el extremo de la desesperanza, en la cuerda floja de la agonía y supe en aquel mismo instante que los dos éramos uno, que esa arma que esgrimía era un símbolo de su llanto interior, que nunca utilizaría ese picahielos en mi contra, y sentí una especie de generosa piedad hacia ese hombre, que me impedía ponerme a la defensiva, pues reflejaba el dolor interno que suponía la pérdida de su mujer, y yo descubrí en ese momento que esa pérdida también era mía y un  desconsuelo salpicado de rojo invadió mi cerebro y sirvió para unirme a  la angustia de ese hombre y me hizo sentir culpable por esas lágrimas de alumbre que comenzaron a nublar la vista de ese marido desconsolado, y quise inducirle a la reflexión: que seguramente habría ido a ver a su anciana madre en el pueblo, cosa que él negó con la cabeza, que habría ido a visitar a su prima Loli en el sanatorio de Monte Liviano, cosa que también negó, que tal vez se hubiera ido unos días a la playa, y parecía perforarme con los ojos mientras el utensilio de picar hielo se inclinaba desmayado en su mano señalando la punta de sus pies, pues no sé a dónde puede haber ido, la última vez que nos vimos  dijo que regresaba a tu casa, últimamente no nos veíamos mucho y me hablaba bastante de ti, de lo buen marido que eras, de lo difícil que era engañarte, de tu dulzura, que yo era más brusco, más correoso, que deberíamos estar los dos mezclados en uno, que entre los dos lograríamos la perfección, luego el hombre dejó caer el punzón y dijo entre sollozos: yo la maté.

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