El cazador

«Despierto de un sueño de niebla y sé que he dejado atrás la ruina de mi cuerpo agrio y mezquino.
Hermosa, muy hermosa soy ahora, comparada con el bichejo patilargo que ayer era.
Tengo dos piernas y dos brazos de mujer joven donde antes tenía cuatro pares de patas flacas llenas de cerdas y pelos.
Mis caderas contrastan con el asqueroso y gordo abdomen que colgaba de mi talle.
Mis labios carnosos encierran una boca que despide dulzura. Ayer era ponzoñosa, con lengua corta y pinzas duras para inmovilizar y matar.
Mi cara, mi cabello, son bellos; ofrecen confianza frente al terror que ayer brindaban.      Hoy son un regalo, igual que mis ojos que ya no se sorprenden de la luz que derrama el sol.
Esas manchas rojas que inquietaban a mis amantes se han transformado en el secreto de dos areolas oscuras que encierran el fecundo talismán de la vida.
Son mis pechos y atraen doce veces más que el mejor frasco del dulce néctar de la naranja invernal.
¡Soy libre! Me he desprendido de la atadura de mis telarañas, de mis cordones de seda, de mi alianza eterna con la miseria moral».
Así canta la mujer mientras se desliza por su laberinto de telarañas en un granero abandonado del páramo del Zarzal. Llega al suelo de tablas rotas, viste su bata de seda blanca y otea por el ventanuco la senda abandonada que conduce al Lago de los Eucaliptos.
Caminando a campo través una figura humana cruza el sendero. Por el andar es un hombre; por el zurrón un cazador. No se distingue su escopeta pero debe llevarla colgada del hombro.
Desde lo alto del granero ha visto pasar muchos cazadores camino del lago. Siempre les ha huido; de carácter recatado nunca se ha dejado ver, y si se han acercado se ha escondido bajo algún peldaño de la escalera.
Hoy, no. Hoy ha revivido. Se siente fuerte, voluptuosa, y grita hinchando su pecho:
—¡Eh, cazador!
Se detiene el hombre, levanta la vista, utiliza la palma de su mano como visera y mira hacia el granero. Ella agita los brazos. Él se acerca. Tiene los andares firmes, se le nota joven. Desde la distancia se ve como se saca la boina que lleva encasquetada en la cabeza y se alisa el pelo. Sus botas pisan la maleza que invade el camino y aparta con gesto firme un par de zarzas que se le atraviesan. Es alto, bien parecido, robusto. También él agita el brazo y grita:
—¡Hola, mujer!
Se acerca junto a los primeros tilos que se levantan frente a lo que fue la entrada del granero y dice:
—Siempre he creído que aquí no vivía nadie.
Ella lo oye mientras abre la puerta.
—No vivía nadie hasta hoy —dice—. Soy la nueva propietaria.
—¿Usted? —Queda perplejo el hombre.
—Si. Yo.
—¿Y está sola?
—Estoy sola ahora. Esta noche vienen mis hermanas.
—¡Ah! Yo vengo mucho por esos lados. Más allá del lago, hacia el barranco, es un buen lugar para cazar.
—¿Y qué caza?
—Bueno…, lo que se presente. Sobre todo conejos. Viniendo hasta aquí ya he matado dos. —Hace ademán de mostrar el zurrón y fija su mirada en la mujer. «Ni por asomo pensaba encontrar por esos lados una mujer de tal belleza».
—Lástima que no tenga nada que ofrecerle. Mis hermanas me han dejado aquí, temprano, y por la tarde llegarán con la camioneta. Traerán los primeros enseres y víveres…, y dos camas para dormir. —Mira con candidez a los ojos del cazador—. Si usted quiere puede reposar aquí. Pronto será la hora de comer.
El cazador se siente sorprendido. No cree en milagros, pero la actitud de la mujer tiene pinta de serlo.
—Bien, podemos comer juntos. En el zurrón traigo de todo, mire; una botella de vino. Y hasta una radio de pilas si queremos música.
La mujer sonríe y dice:
—Si no le importa desprenderse de un conejo podríamos hacer un asado.
—¿Un asado? Claro, claro. Podemos asar los dos conejos.
Prenden fuego en un rincón del granero. El cazador saca los dos conejos y los deja en el suelo.
—Véalos. Uno es más grande que el otro. El más pequeño es más joven. Estará más tierno.
—No importe —dice la mujer con resolución—. Los dos quedarán tiernos.
—Habrá que despellejarlos.
—Yo lo hago —dice la mujer—. Se me da bien.
Cuando la mujer se agacha para avivar el fuego, al cazador se le van los ojos tras las rotundas nalgas que se perciben bajo el vestido de seda blanca. «Vaya mujer. Ese vestido no se ve muy apropiado para ese lugar, lo transparenta todo. ¡Uy, uy,uy!»
Luego busca un par de tablas y monta una mesa sobre dos caballetes carcomidos de un andamio abandonado. Deja sobre ella el zurrón y saca la botella de vino. En un vaso de latón sirve un buen chorro y se lo ofrece. Beben los dos.
—¿No irán a quedar un poco duros los conejos? —insiste él, arrimándose junto al fuego        —. Esos conejos de monte…
—No te preocupes, soy especialista en ablandar carne.
El cazador sonríe. Lo ha tuteado. Quiere interpretar las palabras de la mujer como una insinuación. «Más que especialista en ablandar carne, lo eres, hija mía, en endurecerla», piensa, y no puede evitar una velada sonrisa de satisfacción. Con disimulo levanta una pierna y se recoloca el bulto que se le ha formado debajo de la cremallera del pantalón, es demasiado evidente e incómodo.
—Alcánzame un cuchillo y sal —dice ella.
Le pasa una diminuta bolsa de sal que ha sacado del zurrón y busca en el bolsillo de su cazadora una navaja de muelle. En el momento de dársela le agarra la mano y ella se gira con una resplandeciente sonrisa en los labios. Él observa los generosos pechos que bajo el sugerente vestido se mueven como animales vivos. Contiene la respiración y desvía la mirada hacia la ventana. Ella se ha dado cuenta y le agrada esa mirada furtiva. Él siente un ligero cosquilleo un poquito más abajo de su vientre.
Ha arrancado la piel de los conejos con la habilidad de un artesano y ahora le da una mordida en el cuello y otra en el lomo a cada uno de ellos. Ante la mirada asombrada del cazador dice:
—Así se ablandan.
Los conejos asados despiden un apetitoso olor que inflaman las papilas de la mujer.            Siente un líquido espeso en la boca que se desplaza hacia su garganta. Podía aguantar seis meses sin comer, ahora no. Siente hambre y mucha sed. Deja los conejos sobre el plato de plástico que el hombre ha colocado encima de la mesa y empieza a despedazarlos.
El cazador come con calma. La mujer introduce en su boca los pedazos de carne y los exprime. Vuelve papilla hasta los huesos y luego se lo traga todo con un ligero vaivén de garganta. Él la mira fascinado, viendo como sus labios se expanden y se contraen, viendo como su lengua juguetea por entre los dientes, viendo esa garganta fina que muestra el paso de la presa, el del pan y el del vino con un movimiento ondulado que se pierde un poco más arriba de donde arranca el dulce canal que separa sus senos. Ella lo mira a los ojos, embelesada, con deleite, y siente hacia él una entrega total. «Tienes que depositar tu semen en mi oquedad para así quedar inseminada», piensa. Los dos se sienten partícipes de una bonita e increíble comida campestre que los arrastra, más allá de su casual encuentro de la mañana, hacia un amor inesperado.
—Somos artistas —dice el cazador. —Estamos representando la obra: «El despelleje y devoramiento de un par de conejos en el granero de los Zarzales, con amor incluido»—. Luego se acerca a la mujer que ha extendido las piernas, y deja ver los muslos por entre la abertura del vestido. Ríen los dos, entrelazan sus brazos, apuran el resto de vino y él le pasa el dorso de la mano por el muslo y con el dedo índice escribe sobre la piel desnuda una invisible palabra.
—¿Qué has escrito?
—Desiderata.
—¿Qué cosa es esa?
—Es el nombre de un bello poema
—Dices palabras raras. ¿A qué te dedicas?
—Soy tipógrafo y escritor
—¿Tipógrafo? ¿Y eso qué es?
—Junto letras de plomo todos los días.
Ella parpadea, no entiende las palabras del cazador. Siente premura y una ligera angustia comienza a morderle el corazón. Se incorpora y pregunta con la determinación de un orador callejero.
—¿Y no te gustaría juntar otra cosa?
—Lo estoy deseando —dice él, añadiendo a las palabras una risa boba.
El cazador reposa con los codos apoyados en la mesa. La digestión del conejo, el pan y el vino le ha entumecido la cabeza. Siente una pesadez plácida. Piensa en la mujer y en su piel fina, y sabe que los dos subirán al altillo y se despojarán de sus ropas y harán el amor. Aspira el olor de la mujer y sueña con sus brazos desnudos y con sus muslos de terciopelo. Imagina, bajo el tacto de sus manos, el dulce calor del montículo encrespado y el cabrilleo audaz de ese par de fogosas tetas.
Ahora ríen los dos a carcajadas y él agarra la botella vacía con las manos y hace el gesto de querer exprimirla. Tres gotas de vino tinto caen sobre el vestido de la mujer, y ella mira con incredulidad las manchas que se han extendido sobre la seda blanca formando la figura irregular de un ratón.
—Es el ratón que nunca he podido apresar —dice con una profunda nostalgia—. Hoy sí voy a darle caza. Tú me vas a ayudar.
El cazador afirma con la cabeza sin saber muy bien por qué. Luego grita con alborozo:
—¡Vamos a encerrar el ratón en su ratonera!
—Vamos —le dice la mujer—. Coge la radio.
En el altillo del granero de extiende un manto de paja. Durante meses la mujer ha querido dar caza a un pequeño roedor que siempre ha logrado salir indemne. Ha sido su pesadilla. Ha entramado telarañas por todo el altillo y el pequeño ratón siempre se le ha escabullido; hoy puede ser el día de las dos victorias. La victoria sobre el hombre y la victoria sobre el ratón.
Ambos suben las escaleras contando los pasos y se acuestan sobre la paja viendo las pequeñas telarañas que se extienden por las paredes.
—Como que hay muchas arañas aquí —murmura el cazador.
La mujer asiente con la cabeza mientras de desabrocha el vestido.
—En realidad no tantas —dice.
—Con que haya una ya son muchas —dice el cazador.
Niega con la cabeza la mujer y lo atrae hacia su cuerpo ofreciéndole sus senos y su palpitante sexo.
El cazador enloquece de placer y piensa que es magia increíble lo que está viviendo.      Queda extenuado y ve pasar toda una corte de estrellas por encima de su cabeza.
—Pon música le pide ella.
El cazador alarga el brazo y agarra la pequeña radio, la prende, la sintoniza y busca música. Todas las emisoras suenan mal pero hay una que deja escapar la melodía sublime de un tango de arrabal.
—¿Te gustan los tangos?
Ella mueve la cabeza con decisión y una lágrima asoma en sus ojos.
—¿Te emociona?
Y afirma que sí. Que toda su vida ha querido conocer la letra de ese tango.
—¿Conoces su música?
Entonces ella, sin contestar, se le acaballa encima y le cubre el rostro de besos mientras murmura «lo conozco, lo conozco, lo conozco».
Él ha sentido como los colmillos de la mujer se deslizan por su cuello y luego un breve pinchazo le ha producido un insoportable dolor que lo ha inmovilizado. Antes de perder el sentido ha quedado rígido, ha sentido descender hasta sus pies un frío quebradizo que lo ha convertido en hielo y ha visto como retira la boca de su cuello mientras se escapan de sus colmillos unos hilos finos de baba verde. El tango suena. La voz del cantante entona palabras que se desvanecen más allá del cielo del granero:
                   La frase callada se asoma a los labios…
                   Tal vez no vuelvas a verla nunca
Los últimos suspiros del cazador se pierden en la bruma de la muerte. Se estremece y la mujer sabe que es suyo, como lo ha sido desde el primer momento en que lo ha visto atravesando la senda del Lago de los Eucaliptos.
Ahora se inicia la minuciosa tarea de inyectar en toda la piel del cuerpo del cazador las encimas digestivas, pero la Viuda Negra tiene tiempo y hará la tarea de manera limpia y segura, con metódica paciencia. Ha de convertir el cuerpo en un charco gelatinoso para que pueda chuparlo y embolsarlo en ese abdomen rugoso que de nuevo le crecerá y la deformará. Mañana será otra vez la araña denostada y perseguida, pero mientras tanto habrá conseguido alimento para el mes de gestación que se aproxima. Tendrá que tejer el capullo para albergar los doscientos huevos, se desprenderá más tarde de su vestido y con la tela hará una funda que lo protegerá de todas las inclemencias. Cargará el capullo viscoso y lo colocará en el centro de la tela, con ésta lo envolverá , lo colgará de la viga central, dejará a la vista la mancha de vino para que los depredadores la confundan con la sangre de una víctima, se sentará sobre sus cuatro pares de patas y observará de manera obsesiva el balanceo de sus doscientos hijos futuros. Luego nacerán, verán la luz y se expandirán por el granero, por el páramo y por el mundo, como lo hace el viento.
La Viuda Negra espera que de las doscientas  arañas que van a nacer de su saco de seda, alguna se parezca al cazador.

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