El grito

La mujer giró sobre sí misma al escuchar el grito, sintió una sacudida en el estómago y le golpeó el pecho una fuerte palpitación. Vio cómo la cortina de la bañera, en un fragor de ganchos rotos y plástico rasgado, se desprendía de la barra que la sostenía y envolvía el cuerpo de su marido en un revuelo de pájaros heridos. El amasijo se precipitó de manera violenta sobre la encimera del mueble de baño. Fue un ruido de oscuras piedras blandas partidas por la mitad. El cuerpo rebotó luego sobre el canto de la bañera y por último su cabeza fue a dar contra el suelo tras un intento vano de protegerse con el antebrazo.
Por entre los pliegues de la cortina aparecieron la espalda, las nalgas y las piernas desnudas. Su quietud y unos ligeros espasmos sugerían la gravedad de la caída. De su boca salían débiles gemidos de dolor. Levantó ligeramente la cabeza y volvió a quedar postrado. En la frente tenía una brecha oscura por la que empezaba a manar un pequeño hilo de sangre, a su alrededor se veía una mancha rojiza, que se iba agrandando y le invadía media mejilla.
El chorro de agua caliente siguió desparramándose sobre sus piernas y sus nalgas, y el hombre quedó inmóvil, encogido sobre el borde de porcelana en una grotesca pose de muñeco desencajado, mientras resollaba como un fuelle sin aire. Una densa neblina empezó a empañar el espejo del baño.
—¡Qué pasa! ¡Agustín!¡Agustín! —La mujer tiró en el lavamanos las tijerillas curvas con las que se estaba arreglando las uñas y dio un brinco hacia su marido. Luego gritó histérica. —¡Ayuda!
Fue un grito desesperado que se coló por los ductos del cuarto de aseo y subió hasta la azotea alertando a todos los vecinos del edificio.
Unos momentos antes, Agustín, hombre robusto y entrado en años había dicho:
—Me voy a bañar.
Se metió en la bañera sobre la que sobresalía un cabezal de ducha adosado a la pared lateral, cerró la cortina y abrió la llave. El chorro de agua salió a presión, chasqueó sobre el cuerpo de Agustín y sobre el suelo de la bañera. Fue como rociarse con fuego.
Un par de horas antes la mujer de Agustín había decidido, abrir al máximo la llave de paso del gas para que el agua saliera lo más caliente posible, pues siempre se quedaba aterida a la hora de lavar los platos o de hacer la colada o de meterse ella misma en la ducha. El invierno a estas alturas del años estaba resultando excesivamente duro..
Agustín, con el fin de mitigar el frío que estaba sintiendo, abrió la llave a tope hacia el lado del calor. Lo hizo de manera instintiva, sin pensar en las posibles consecuencias y sintió el dolor de la quemadura en su cara, en sus hombros y en su pecho. Su mente se colapsó y por un momento no supo qué estaba pasando, pero dio un brinco hacia atrás. Con los ojos cerrados extendió los brazos tratando de estabilizar su cuerpo. Los dedos de su mano izquierda resbalaron por la pared de azulejos, mientras que los de su mano derecha rozaron la cortina del baño. Chapoteando en el agua caliente quiso mantener el equilibrio, y el talón del pie derecho resbaló con la curva del suelo de la bañera. La mano izquierda buscó algo de qué agarrarse, y lo hizo de la pequeña repisa en la que guardaban los champús y los jabones de baño; la arrancó de cuajo, los frascos y botes cayeron al fondo de la bañera con un estrépito de búcaros rotos. Su pie izquierdo, al tratar de apoyarse, lo hizo sobre un bote de espray que rodó al impulso del pie desnudo con los noventa kilos de Agustín encima. En este momento más que el fuego externo lo quemó una llamarada interna que le indicaba que su destino era el vacío más negro y lo único que pudo hacer para evitar ese vacío fue agarrarse a la bamboleante cortina que no resultó ser en ningún caso un asidero firme. Se sintió en el aire, perdido, y pensó en su mujer.
En una fracción de segundo creyó entender lo que estaba pasando. «Alguien había manipulado el gas y en aquel piso no estaban sino él y Aurora». Ahora estaba volando hacia un fondo impredecible. Con toda seguridad se estrellaría contra el suelo.
Su pierna derecha chocó con la pared interior de la bañera y su cuerpo se inclinó envuelto en la cortina. Manoteaba y todo era el vacío. Planeaba por los cielos del cuarto de baño. La cortina era su único asidero, se agarró de ella con fuerza y sintió que ésta se desprendía de los ganchos y se le venía encima. El cuarto de baño entero se le venía encima. Sintió un regusto amargo en la boca, a cortina mohosa. Extendió los brazos. Sintió el golpe sobre el mármol del lavamanos, en su cara, antes de lo previsto; luego cayó de costado y creyó que sus costillas se quebraban. Perdió el aire y perdió el ser. Cayó la noche.
Abrió los ojos en el hospital y supo que se había salvado cuando le entró un tembleque en el cuerpo al escuchar que una enfermera le decía a otra:
—Lleva día ingresado, habrá que bañarlo.

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